domingo, 22 de diciembre de 2013

30 Minutos

Después de meses viviendo sólo, aquí, en esta casa sin alma, muchas noches me levanto empapado en sudor y temblando de pies a cabeza.
       
Muchos de vosotros no encontraréis ni pena ni dolor en las palabras que intentaré plasmar lo mejor posible aquí, en estas hojas sucias y amarillentas. Es difícil traspasar los sentimientos de pena a papel. Pero siento que antes de nada, tengo que contar lo que sucedió aquella tarde de verano del año pasado, cuando mi vida feliz era una vida normal.
Dicen que cuando eres feliz, el tiempo avanza muy rápido, como una locomotora furiosa sin frenos. Por el contrario, yo pienso, que cuando te arrebatan lo que más quieres, el tiempo pasa a ser una locomotora furiosa sin frenos, estrellada contra un muro de metal, dónde el tiempo se retuerce como miles de hierros humeantes tras un gran impacto.
Intentaré ser lo más breve posible con mi historia.

Mi nombre es Thomas, y yo antes era un hombre feliz, que tenía una vida feliz. Tienes que entender que por vida feliz me refiero a: tener un buen trabajo, dos casa, un  coche, un perro, una mujer y dos niñas. Una familia.
Para muchos eso podría llamarse "típica vida", una vida común, una vida normal, una vida rutinaria, vida de manual.
No me gusta autodefinirme cómo conformista, mi vida no ha sido fácil, y por todo aquello que conseguí; mi familia, tuve que luchar toda mi vida con garras y con dientes.
Teníamos dos casas, como bien he citado antes, una era nuestra casa de verano, dónde todos los años pasábamos los dos meses más calurosos del año. La casa está situada en la playa, a orillas del mar mediterráneo, a unos 50 metros de la orilla. Es una casa de ensueño, de ladrillos azulados, acorde con los colores del mar, con una terraza muy amplia orientada hacia el mar. En esa terraza pasábamos mucho tiempo mi esposa Helen y yo, charlando y tomando cervezas hasta altas horas de la noche, mientras nuestras dos diablesas dormían cómodamente en sus dormitorios. Peter, el perro de nuestra familia se recostaba a nuestros pies mientras Helen y yo hablábamos sobre cuál sería el futuro de nuestras hijas: estudios, universidades, novios...
Nuestras hijas eran dos niñas adorables, eran gemelas, y aunque cueste creerlo, Helen y yo nunca fuimos partidarios de vestir y peinar a las dos iguales. Queríamos evitar crear ese vínculo especial entre las dos, irrompible. Tarde o temprano cada una tendría su vida independiente, sin necesidad de ser cien por cien igual que su hermana.
Una vez explicado lo que viene siendo mi vida, intentaré plasmar en estos papeles los acontecimientos que cambiaron mi vida para siempre.

Aquella mañana de verano, como casi todas las mañanas, las gemelas vinieron a nuestra cama, y dando saltos en ella nos despertaron. Cuando la familia es todo lo que tienes, esos "buenos días" es una de las cosas más grandiosas que te pueden suceder.
Estuvimos, como siempre, remoloneando los cuatro en la cama, hasta que llego Peter y empezó a lamernos la cara y a dar coletazos con su rabo a diestro y siniestro.
Nos levantamos, Helen preparó chocolate caliente y panecillos tostados para todos.
Después, como cada día nos fuimos a la playa, a disfrutar de la brisa fresca que hace del verano algo agradable, mágico.
Helen y las niñas fueron a la orilla, a hacer castillos de arena. Yo, como cada mañana, me sentaba en un banco de madera que pusimos Helen y yo en la playa, disfrutando de la brisa, con un buen libro. Siempre recordaré ese libro, era una novela de Richard Matheson.
Cada diez minutos levantaba la vista de mi libro, para disfrutar del espectáculo que mis retinas recogían, mis tres mujercitas riendo y derrumbando los castillos antes de que la marea se los llevara... Sé que romper los castillos era lo que más le gustaba a las niñas.

Eran las tres de la tarde, y como todo el mundo sabe, el hambre en la playa se incrementa notablemente.
Llamé a Helen desde mi banco, ella se giró y vi lo radiante que estaba con sus cabellos ondeando al viento. Le hice un gesto con mis manos, e inmediatamente ella comprendió lo que yo iba a hacer. El almuerzo.

Creo que tardé media hora, no puedo asegurarlo con certeza, pero estoy seguro que no llegue a tardar mucho más. Es increíble como en un tiempo tan escaso, tu vida puede dar un giro de ciento ochenta grados.

Volví a la playa con una bandeja grande, llena de bocadillos, vasos, y limonada muy fría. Cuando en un instante mis manos se volvieron viento, y toda la comida fue a parar a la arena caliente.
Peter parecía ladrar pero todo el sonido desapareció, lo veía ladrar, pero sus ladridos, el sonido del viento, y el ruido de las olas, desaparecieron. Tan sólo era capaz de mirar, quieto, congelado, mientras la limonada bañaba mis pies.
Tres cuerpos yacían en la playa flotando boca abajo, mecidos por el mar...
Los tres cogidos de las manos.

Inexplicablemente no puedo escribir lo que sucedió a continuación, a día de hoy no lo sé. ¿Entré en shock, me desmayé? No lo sé, tan sólo sé que mi cuerpo tenía que estar con ellas, en el mar, flotando.
Lo siguiente que recuerdo es a la policía, junto a mí, metiéndome en casa, intentando sacarme palabras. Pero de mi boca no brotaba palabra alguna.

Más tarde, a los dos días, vino a casa una pareja de agentes de la policía,  me dijeron que Helen sufrió un fuerte calambre dentro del agua, y que las gemelas intentaron socorrer a su madre, sin éxito alguno. Mis niñas no sabían nadar.

Ya ha pasado un año desde aquel fatídico día, y desde entonces, en todo este año no paro de atormentarme. Cada día es muerte. No tengo fuerzas.
Soy católico, y mi religión dice que el suicidio es pecado. Me gustaría ver cuántas personas son capaces de soportar este tormento...día tras día... Siempre.
Que Dios me perdone, pero en mi vida sólo veo desolación y sufrimiento, sí su ira tiene que caer sobre mí, a estas alturas me importa más bien poco. No tengo nada. Y nada que temer.

Como último aprendizaje en esta vida diré que; los fantasmas existen, no arrastran cadenas, ni son sábanas flotantes. Son momentos, situaciones, lugares, recuerdos...y pueden morder.

Ahora mismo estoy en esa casa de verano. Tengo todas las ventanas abiertas, y el olor del salitre impregna mis fosas nasales y cada rincón de la casa. A lo lejos escucho el sonido de las olas al romper, ese sonido que me recuerda a mis tres princesas, arrodilladas a la orilla del mar haciendo castillos de arena.

El sol, es una bola de fuego que se hunde en el horizonte, entra por las ventanas, y dibuja líneas rectas sobre la madera del suelo. Pero hay una sombra proyectada en el suelo que no es recta, es ovalada y se mueve vacilante, me llama. Es tiempo de partir. De volver a casa. Volver a mi vida feliz. Junto a ellas.


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