jueves, 6 de junio de 2013

Lágrimas de muerte


La habitación se encontraba en penumbra, tan solo iluminada por el leve resplandor que despedía el televisor.

El niño estaba sentado en su sillín de Bob Esponja, su personaje favorito; en la pantalla, flotaba entre colores chillones un mensaje de "Fin de emisión".

Rodee el sillín, me incliné para cogerlo en mis brazos y llevarlo a dormir a su cama. Mañana tendría que madrugar para otro día duro de escuela.

Algo no iba bien. Me acerqué a él, para darle un beso de buenas noches.
Al besar sus suaves mejillas pude saborear la sal de sus lágrimas, lágrimas que habían corrido por sus mejillas cuando aun tenia vida.

Sintiendo mi cuerpo clavado al suelo, empecé a llorar. Eran lágrimas de muerte.
  

martes, 28 de mayo de 2013

Terrible Invierno


V

Mordía, arrancaba, masticaba, y tragaba. Mordía, arrancaba, masticaba, y tragaba...

Así sucesivamente, intentando no pensar, evitando las fuertes arcadas que sacudían su estómago. Su mandíbula era una trituradora Implacable, y su mente, negándole a pensar en lo que estaba haciendo, seguía luchando por hacer trabajar a su boca.

De vez en cuando algunos pelos se quedaban agarrados a su garganta, en un abrazo infinito, fraternal. Su can iba bajando poco a poco por su garganta, dirigiéndose hacia una digestión macabra.
Un regusto a muerte inundaba su boca, aquello no podía ser cierto, pero lo era. No podía evitarlo, era eso o su propia muerte. Y Peter Goldsmith no estaba dispuesto a tirar la toalla, no sin antes luchar con todas sus fuerzas.

Pequeños regueros de lágrimas se deslizaban por sus mejillas regordetas, distorsionando su vista, mientras pensaba en los buenos tiempos que había vivido junto a Claus, su única compañía durante tantos años.
De vez en cuando un regusto agrio llenaba de sabor su boca, a causa de las arcadas que le acometía.
Era una pesadilla, una escena dantesca. Pero el amasijo de carne y pelos que reposaba sobre el asiento del copiloto, le devolvía a la realidad con una firmeza contundente, penosa.

En su mente una voz oscura y risueña, (quizás era Doña negatividad) no paraba de insistir: "Traga, traga, traga, traga..."
Peter hacia caso a esa voz/conciencia, y sentía resbalar por su garganta, pedazos de Claus. Carne fría que dibujaba terribles muecas de angustia en su rostro.
Inevitablemente Peter se sacudió, y un efluvio caliente le subió desde lo mas profundo de su estomago, hasta salir por su boca y estamparse contra el salpicadero del coche. Noto un liquido apestoso y caliente que le corría por las piernas. vómito.

El coche se inundo de risas, Peter Goldsmith se palmeaba sus muslos grasientos, riéndose histericamente. Sin saber muy bien por qué, le parecía muy gracioso ver el salpicadero de su coche lleno de salpicaduras de vomito de trozos de su perro. Tropezones de perro a medio digerir resbalaban por el cuadro de mandos y por sus piernas. El coche apestaba, y esa era una de sus menores preocupaciones. Tenia que seguir comiendo.

Una idea absurda, pero a su vez realista, cruzó como un relámpago su mente: «No podré seguir comiendome a Claus, verlo así, echo pedazos, me da pena y asco. Pero quizás..., si me como lo que he vomitado... Puedo pensar en comida cruda. Mucha gente come pescado crudo, Y hasta carne poco hecha..., sangrante.»

Sus dedos gordos empezaron a recoger los tropezones de Claus que chorreaban por el salpicadero, y con manos firmes, decididas, volvía a llevarse los pedazos a la boca. Su boca inmunda se abría y una vez más empezó a tragar, tragar, tragar, tragar...

Tras unos minutos, después de semejante banquete, Peter miró su paquete de tabaco, y sin poder evitarlo, saco un pitillo con manos temblorosas y lo encendió. No era justo fumarse un cigarro después de devorarse a su propio perro, fumar después de comer era sinónimo de haber disfrutado mucho de la comida, pero tenia que apartar ese sabor de su boca. Dio una fuerte calada. Era la mejor opción.

Con el estomago todavía dándole vueltas, Peter Goldsmith se recostó en su asiento para descansar un poco. El vómito se volvía frío y acartonaba sus pantalones.

miércoles, 17 de octubre de 2012

"Microrelato"


Perros

Acababa de despertarme y le pregunté: "¿Me quieres?". No contestó, tampoco lo esperaba. Se acercó a mi cara y suavemente empezó a lamerme...

domingo, 23 de septiembre de 2012

Terrible Invierno



IV


Nuestro ya querido, y odiado en ciertos momentos, Peter Goldsmith, estaba con la mandíbula colgando viendo cómo su ventana bajada o subida era la misma mierda. Estaba atrapado. Nada podía hacer.


Como si se tratase de un aparato que diera fuertes descargas eléctricas, poco a poco Peter fue acercando sus dedos para tocar la nieve. Quizás en ese momento fue cuando por primera vez "Doña negatividad" habló en su cabeza: "Hey, hey, si tú, bola de mierda, te hablo a ti. ¿no te das cuenta que estas atrapado bajo la nieve? ve tu a saber cuantos metros tienes por encima de tu cabeza, ¿que vas a intentar?¿escarbar como un conejo? ¡JA!".

Con optimismo Peter toco lentamente la nieve, y pudo comprender dos cosas: 1) La nieve era fría. y 2) No era granizo, era nieve, con lo cual podría intentar escarbar como un triste conejo.

Antes de ponerse manos a la obra con la "operación salida del puto coche enterrado", Peter alargó la mano hacia su mochila que se encontraba en la alfombrilla, a los pies del asiento del copiloto. Cogió la mochila y se la puso en su regazo, abrió un bolsillo pequeño en la parte frontal de la mochila y extrajo lo que parecía un paquete de Lucky Strike deformado. Sacó un cigarrillo y se lo llevo a los labios. Pulsó el mechero del coche, que después de unos segundos que le parecieron interminables saltó con un suave clic. Una vez con el cigarrillo humeando en su boca, Peter creía que podría pensar mejor, y probablemente sería verdad, pero una vez más...
"Si fueras más tonto seguro que no hubieras nacido bola de sebo, ¿no te das cuenta que fumar dentro del habitáculo cerrado no te va a hacer ningún bien?"
-Y que más da- dijo Peter al coche vacío.

Siguió fumando, y el humo azulado se elevaba en lentas nubecillas hasta chocar con el techo del vehículo. Fue entonces cuando Peter Goldsmith empezó realmente a preocuparse. ¿Será de noche?, ¿cuantos metros de nieve tendré por encima de mi cabeza? ¿o quizás solo son centímetros? y lo más importante; ¿Cuando saldré de aquí?. Fue esta ultima pregunta la que se quedó resonando en su cabeza, como un eco que se retroalimentase de su temor.

El reloj digital del salpicadero marcaba las 17:49 cuando la pierna derecha de Peter se quedó rígida como un tablón. Como un rayo, un calambre le recorrió desde la cadera hasta la pierna. Empezó a tener comvulsiones y su vista se nublo. 
-"Ahora es cuando vas a pagar los platos rotos de tu alimentación  durante toda tu penosa vida, maldito bastardo"- dijo "Doña negatividad".
Entre convulsiones y convulsiones Peter creía que su vida se apagaba, y por un momento llego a sentir pena de sí mismo.
Peter goldsmith sentia que se moría.

En un último instante de reflejos, podríamos decir reflejos aunque esa palabra no es la correcta teniendo en cuenta que el cigarrillo humeaba en esa parte de la anatomía del hombre que tanto apreciamos, Peter se sacudió sus vaqueros hasta que el cigarro fue al suelo,después estiró su mano derecha hasta alcanzar la llave del contacto, con sus llaveros colgados, testigos mudo de su agonía.

Giró su muñeca hacia atrás, y faltó poco para que la llave se saliera de su sitio y fuera a parar al suelo para unirse con el cigarro. Agarró con toda la fuerza que sus músculos le permitieron y puso el contacto. Desvió su mano derecha hasta el cuadro de mandos y puso la calefacción a todo lo que daba de sí. 

Una bendita ola de calor le golpeó en el rostro, y sin poder evitarlo una lágrima resbaló por su mejilla magullada dejando entrever un surco de piel pálida.
Poco a poco fue recuperando el movimiento de su extremidad y entonces Peter se relajó todo lo que pudo dentro de sus posibilidades.

Permaneció con los ojos cerrados durante minutos, quizás horas, sintiendo como cada minúsculo poro de su piel absorbía ese calor que la calefacción le proporcionaba.

Al cabo de varias horas "Doña negatividad" hizo su aparición estelar. No podía faltar a la gran cita.
"Por cierto cachalote,¿no tienes hambre?"
Peter despertó de su ensimismamiento y de repente su estómago rugió. Peter tenia hambre, pero por primera vez en su vida, la comida era secundaria.
En el cuadro de mandos, el piloto rojo de la batería parpadeaba dándole a entender que la batería se estaba agotando.




Peter Goldsmith tendría que reaccionar y rápido. El tiempo jugaba en su contra.






jueves, 20 de septiembre de 2012

Terrible Invierno



III


Camino a casa de sus padres, Peter  Goldsmith paró en un área de descanso para poder llenar esos "huecos" en su estómago que no podía llenar cómo una persona normal, y es que Peter no era una persona de 3 comidas al día, Peter era lo que se dice un goloso de mierda. Todo lo que tuviera un buen puñado de calorías era lo que su cuerpo gordo y fofo de carnes colgantes necesitaba, sentía una gula insaciable, a veces imaginaba que tenia un gusano dentro de su cuerpo al que no podía parar de alimentar, más y más hasta casi reventar


Peter  Goldsmith se bajó de su viejo Ford (una tarea para nada sencilla), y girándose como una triste ballena varada que ve como la muerte intenta arrebatarle la vida, logró sacar su pierna izquierda del coche para apoyarla en el asfalto frío parcialmente cubierto de nieve.
Tras unos minutos debatiéndose con su enorme cuerpo, logró salir del vehículo. Una vez traspasado el umbral de la tienda de comestibles junto a la gasolinera, Peter hizo un barrido de la zona para ver dónde estaban situadas todas las porquerías que pudiera comprar para llenar ese vacío. Giró a su izquierda y fue directo a las neveras de coca-cola y Red bull con paso firme. Abrió la puerta y el frió le bañó el rostro. Así se mantuvo durante más de dos minutos, mirando todo y nada a la vez.
-Hey, señor- dijo el dependiente -No puede tener la puerta de la nevera abierta así porque sí, apuesto a que el cristal de la puerta está lo bastante limpio como para ver el producto que usted quiere comprar sin necesidad de dejar que el frío se escape, ¿me equivoco?.
Peter se mantuvo firme delante de la nevera sin ni siquiera girarse mientras el dependiente le estaba hablando. Lentamente Peter se inclinó hacia abajo para coger dos botellas de coca-cola mientras la raja del culo asomaba por encima de sus pantalones.
Acto seguido se dirigió hacia el pasillo de los dulces y las patatas fritas. Cogió cuatro paquetes de patatas, vasos de plásticos y tres Bollicaos, enfiló hacia la caja que estaba en una esquina del establecimiento.
-¿Cuanto es?- dijo Peter mientras depositaba todas sus porquerías encima del mostrador.
El dependiente lo miró de arriba a bajo y bufo. Al cabo de unos segundos pasando los productos por el escáner levantó la cabeza y dijo:
-Son nueve con treinta.
Peter Goldsmith metió sus manos gruesas, que parecían un catálogo de morcillas, dentro de sus bolsillos y sacó unas cuantas monedas mugrientas. Levantando la palma de su mano hasta casi rozar su nariz, las contó. Le tendió diez monedas al dependiente y cogió su bolsa llena de porquerías. Justo cuando se giraba para dirigirse hacia la puerta, el dependiente dijo:
-Hey, señor, su cambio.
A lo que el señor Goldsmith respondió:
-Puedes quedarte el maldito cambio por las molestias de la puñetera nevera, ¡imbécil de mierda! 

Guardando su compostura desde detrás de la caja registradora, el dependiente enrojeció lleno de cólera. "Uno tiene que quedar bien con los clientes, pensó el dependiente mientras veía salir a Peter Goldsmith por la puerta de su establecimiento, pero te juro por el mismísimo demonio, que ojalá te mueras, asquerosa bola de sebo".

Dos horas más tardes los deseos del dependiente empezaron a hacerse realidad.





viernes, 14 de septiembre de 2012

Terrible Invierno



II

La tarde tocaba a su fin, el cielo se estaba tiñendo de un negro como el carbón y parecía que caían cenizas sin razón aparente. Ya no nevaba tanto como hacia rato, ¿rato? ¿cuánto rato?, en ese preciso momento, justo cuando parecía que sus neuronas empezaban a ocupar sus lugares correspondiente, Peter se dio cuenta de que había perdido toda noción del tiempo que le rodeaba.
Poco a poco Peter Goldsmith empezó a hacer memoria de qué había sucedido, ¿y qué había sucedido?.
Lo único que Peter podía recordar de momento era que esa mañana antes de salir de casa tuvo que llevar a Claus a la clínica veterinaria.
Claus era un Corgi de mirada estrábica, su pelaje era de color anaranjado, con el pecho y "los calcetines" de color blanco.
Como si le hubieran dado en su enorme trasero fofo con un cable de un Kilo voltio, Peter dio un respingo en su asiento y giró la cabeza hacia la derecha para mirar la parte trasera de su coche.
Claus con apenas tres años de vida yacía en el suelo del vehículo con su mirada estrábica apuntando hacia varias partes a la vez con la cabeza en una postura anormal.


Peter Goldsmith se recompuso en su asiento y soltó un suspiro prolongado. Acto seguido su mano derecha tanteo en el hueco del freno de mano para buscar el clic del cinturón que le daría el primer paso hacia la libertad. Poco a poco dio con el enganche y pulso el botón que con un leve clic le liberó de su cinturón el cual seguramente le había salvado la vida, su triste vida.

El señor Goldsmith, como sus vecinos lo hacían llamar, era un hombre solitario, rondaba la mitad de siglo, era gordo, aunque su madre decía que tendría que comer más, que estaba en los huesos.
Sus padres vivían (aún) a unos 1.100 Kilómetros de distancia, cosa que a Peter le parecía lo mejor que le podría pasar siendo una persona de alma solitaria. Se fue de casa a la edad de 26 años en busca de un buen trabajo, y quizás por eso Peter era  un hombre solitario.
Peter trabajaba de guardia de seguridad para una empresa que se dedicaba exclusivamente a la vigilancia de construcciones de viviendas. Por decisión propia Peter escogió ese trabajo, en aquellos años uno podía elegir trabajo, abundaba, y el era un enamorado del silencio de la noche, donde nadie molestaba a nadie y la tranquilidad era la mejor pareja a la que podría aspirar en su vida.

De repente notó que a través de las rejillas de ventilación un humo blanco inundaba el habitáculo del coche. Con su mano derecha acciono la llave hasta llevarla al punto de contacto. El cuadro del vehículo se iluminó con millones de luces parpadeantes. Pulsó el interruptor que había bajo su ventana para bajar el cristal y dejar que el humo se esfumara.
La ventana chirrió ocultándose lentamente bajo su puerta para que pudiera observar el paisaje más simple que verían sus ojos en toda su vida, blanco.

El Ford del señor Peter Goldsmith estaba totalmente enterrado bajo la nieve.




jueves, 13 de septiembre de 2012

Terrible Invierno








I
Introducción

Estaba en un estado de semi inconsciencia cuando notó que el frío le calaba los huesos. Empezó a notar como justo debajo de su ceja derecha chorreaba un líquido cálido y espeso. Lentamente como si de una persona que no quisiese despertar a su acompañante de viaje, pues eso era lo que recordaba, iba en su Ford hacia casa de sus padres, levantó o más bien despegó su rostro del volante. 
Peter Goldsmith acababa de tener un accidente.