miércoles, 14 de septiembre de 2016

Papá


Soy Neil, y os voy a contar una historia de cuando tenía nueve años; fue entonces cuando viví la peor experiencia de mi vida.
Corría el mes de mayo de 2001, y era media mañana. Yo estaba en mi habitación, jugando al ordenador, cuando mi madre me llamó desde la cocina.
Neil, baja a la cocina, no puedes imaginar quién está en casa. Chilló mi madre desde la cocina.
Bajé a paso lento, me daba un poco de miedo tropezar por las escaleras; siempre bajaba las escaleras agarrado muy fuerte a la barandilla.
La luz del sol entraba a raudales por la ventana de la cocina, teníamos una casa muy bien iluminada. Por desgracia, tanta claridad me permitió ver bien el rostro de ese señor que me miraba fijamente desde la silla de ruedas.
Pe pe pe pero... ¿eres tú? Tartamudee presa de la gran confusión que bullía en mis pensamientos.
El hombre extendió los brazos, quería que lo abrazara. Pero la media sonrisa que se dibujaba en su boca me alejada de el. Me daba miedo ver una sonrisa que en el lado izquierdo se curvaba hacia abajo. A demás estaba muy delgado, su cabeza parecía una calavera de película de piratas, los pómulos estaban hundido, los ojos más oscuros de lo normal, y la sonrisa..., la sonrisa era lo peor; a demás de la curva de los labios, los dientes parecían enormes en contraste con su cabeza consumida por la delgadez.
De repente sentí algo en mi espalda. Era la mano de mi madre que me empujaba para acercarme a ese hombre, mi padre.
Vamosshh Neil...esshh que no vasshh a darle un abrashho a tu padre. me dijo el hombre de la silla de rueda, salpicando saliva en todas direcciones a causa de su boca torcida.
Le di un empujón a mi madre, y apartando su brazo de mi hombro, salí corriendo de la cocina y subí las escaleras de casa hacia mi habitación, como alma que lleva el diablo.
Cerré la puerta de un portazo y me tiré en la cama de un salto. Me tumbé mirando hacia la pared y sin poder evitarlo, los recuerdos acudieron a mi mente.


Neil ven aquí, tengo que contarte algo que ha ocurrido. mi madre estaba sentada en el sofá frente a la televisión apagada, y con una montaña de pañuelos de papel a su derecha.
Me senté en el extremo más alejado del sofá, y un calor inexplicable subió a mi rostro. Intuía que algo muy malo se avecinaba y las manos me empezaron a sudar, sintiendo un hormigueo por todo mi cuerpo.
¿Qué ha pasado Mamá, es algo malo?
Me temo que sí pequeño Neil, algo muy grave le ha sucedido a tu padre. Mamá retorica un pañuelo en sus manos, y pequeños trozos se acumulaban en su falda negra mientras me hablaba. Esta mañana mientras tú estabas en la escuela me han llamado del hospital...
En ese momento mi madre se derrumbó y se echo a llorar a lágrima viva. Recorrí  la distancia que me separaba de ella y la abracé muy fuerte, como si pudiera evitar escuchar lo que había pasado, no quería saberlo.
Papá ha tenido un accidente de coche, muy grave. Me dijo Mamá entre lágrimas. En unos minutos viene a casa Tía Sara para cuidar de ti, yo iré al hospital para comprobar cómo está Papá.
Al cabo de veinte minutos llegó a casa tía Sara, y Mamá se fue dándome un beso en la mejilla, dejándome la cara mojada de lágrimas.


Papá tuvo un accidente de coche muy grave, casi pierde la vida, pero no fue así. A cambio pasó dos años en coma, y en muchas ocasiones llegué a olvidar su rostro, y hasta su voz.
El hombre que había vuelto a casa no era mi padre. Era muy delgado, y juraría que esa voz no era la de mi padre.


Me quedé dormido recordando todo lo que sucedió, y al cabo de un tiempo desperté  en mi habitación totalmente a oscuras.
La puerta de mi  habitación sonó dos veces seguidas, y la voz de mi madre sonó desde fuera.
¿Puedo pasar Neil?
Pude imaginar la cabeza de mi madre junto al marco de la puerta. Odiaba que me preguntara si podía pasar, y ella entrara en mi habitación sin mi consentimiento.
Ya lo has hecho seguramente, entra. intuía.
Yo seguía tumbado junto a la pared, y sentí como el colchón se hundía a mi espalda cuando mi madre se sentó en la cama.
Cariño, entiendo que estés confuso por el regreso de tu padre después de tanto tiempo ausente. Pero tienes que entender que para el también es difícil, es como si en su mente hubiera pasado apenas unos días, y ahora, ahora eres todo un hombretón para él.
Estaba recién despierto y todavía me sentía desorientado, así que me limité a escuchar.
He estado hablando con tu padre, y hemos llegado a un acuerdo. Para aliviar tu confusión, hemos pensado que tendríais que pasar más tiempo juntos para recuperar el tiempo perdido; de modo que yo me iré a casa de Tía Sara a modo de vacaciones, y así estaréis los dos solos unos cuantos días para poneros al corriente de todo lo que ha pasado, incluso podéis recuperar la afinidad que teníais los dos antes del accidente.
La vida puede cambiar en unos segundos, y por culpa de esos segundos que perdí en no contestar y negarme a los planes de mis padres, finalmente todo cambió.


El terror apenas duró un día, pero me dejó marcado para siempre.
Esa misma noche mi madre se fue a casa de Tía Sara, y mi padre y yo nos quedamos solos.
Yo estaba en mi habitación cuando escuché a mi padre llamarme:
Neeeiiiillll.
Me levanté de la cama, y bajé por las escaleras agarrando muy fuerte el pasa manos. Un olor muy apetecible ascendía por las escaleras, y me abrió el apetito.
Crucé el umbral de la cocina, y frente a mi estaba la silla de ruedas, vacía. No había rastro de mi padre.
Neeeiiiilll
La voz provenía del salón, así que me giré y empecé a caminar con pies de goma hacia el salón de casa. Allí, en el sofá donde hace dos años mi madre lloraba desconsolada, estaba mi padre sentado.
Ven hijo, tenemoshh que hablar. Me dijo mi padre salivando en abundancia.
En esta ocasión me senté de nuevo en el extremo del sofá, pero a diferencia de la vez anterior, esta vez no me acercaría a mi padre, me daba miedo.
Hijo, sholo quiero que lo pashhemoshh biieeennn. decía mi padre mientras que con su mano se quitaba el cinturón.
Pensé que iba a agredirme con el cinturón, pues mi padre siempre tuvo, antes del accidente, las manos muy largas. En esta ocasión me equivocaba, y mi padre fue mucho más lejos.
Poco a poco empezó a desnudarse, y una vez estuvo en ropa interior, sacó su pene por un lado del calzoncillo. Empezó a agitar su miembro de arriba a abajo, y con la otra mano me agarró la muñeca izquierda. Yo empecé a tirar de mi mano, y el apretaba con más fuerza.
Ven Neil, no perdamoshh el tiempo, vamos a recuperarlo, juntosshhh.
Con todas mis fuerzas le propiné una patada en sus partes, y conseguí liberarme de él.
Corrí con todas mis ganas, y cuando alcancé las escaleras me giré para ver dónde estaba mi padre. Estaba saliendo del salón, iba desnudo, y su miembro flácido destacaba más en contraste con su delgadez, se balanceaba.
¡Neeeillll, vuelve ahora mishhmo! gritaba desde la puerta del salón.
Subí los escalones de tres en tres, me metí en mi habitación cerrando de un portazo, y arrastré la cama contra la puerta, para evitar que entrara. Me senté en la cama para hacer más fuerza, pues con su delgadez pensé que no podría abrir la puerta. Pero me equivocaba.
Al cabo de unos minutos de un inquietante silencio, de repente, escuché un fuerte estrépito que procedía de las escaleras. Pude imaginar el cuerpo de mi padre, delgado, huesudo, precipitándose hacía el vacío. Seguramente sus huesos se habrían quebrado por muchos lugares. Y su pene..., su pene estaría a la vista de mis ojos. Tenía mucho miedo, y no quería salir de la habitación.
Finalmente salí, tras muchos minutos aguardando con el oído pegado contra la puerta. No tenía más remedio.
Tuve que apartar con sumo cuidado la cama de la puerta, tratando de ser lo más silencioso posible. Poco a poco, con toda la paciencia que pude tener, gire el pomo y abrí la puerta.
Me asomé muy lentamente y con más valor del que creí tener jamás en mi vida, salí de la habitación.
El pasillo estaba en penumbra, y tenía miedo de acercarme a la escalera; no sabía en qué estado encontraría el cuerpo de mí padre.
Me acerqué al filo de los escalones, y allí...no había nadie.
Como una alarma que va crescendo, sonó el grito de mí padre a mi espalda:
Neeeeilllllll. -gritó cómo un loco, fuera de si. Vamosh a querernoshh juntossshhhh.
Juraría, o eso llegué a pensar más tarde, que mi padre venía hacia mí con el pene chorreando; estaba eyaculando mientras extendía los brazos hacia mí.
Tenía tantísimo pavor, que las escaleras no las vi. Perdí el equilibrio y empecé a caer hacia detrás. En ese momento mi padre se lanzó hacia mí, y los dos caímos por las escaleras en una maraña de brazos y piernas.
Mi padre se fracturó el cuello, y eso le causó una muerte instantánea. Yo, sufrí múltiples contusiones y quedé inconsciente; el daño fue psicológico más que físico.
Mi madre llamó esa noche por teléfono, y al descubrir que nadie atendía la llamada, vino rápidamente a casa. Y allí nos vio, a los pies de la escalera; una persona muerta y otra traumatizada para el resto de su vida.


Ahora tengo 23 años, y cada vez que veo las escaleras de mí casa tiemblo, tiemblo con toda el alma.

«Papá» escrito por Antonio Tomé.

domingo, 8 de junio de 2014

Terrible Invierno


VI


Tras devorar a Claus, Peter tenía los ánimos a la altura del subsuelo. Las fuerzas que tenía que haber adquirido, paradójicamente, le habían abandonado.
Se sentía triste, y con pocas ganas de vivir ya. Nunca habría imaginado, ni en sus peores pesadillas, la escena vivida.
     
Tras apagar el cigarrillo en el cenicero, decidió encender la radio, quizás captaba alguna frecuencia que le indicara qué pasaba en el mundo exterior. Pero tras varios minutos cambiando de dial, no dio con ninguna señal, tan sólo captaba interferencias.

«Sigues pensando en tu puto perro ¿no?, pues ya hay poco que hacer con él, amigo mío, tan sólo cagarlo por tu culo gordo y mal oliente»

Peter Goldsmith estaba en un callejón sin salida, y después del "festín" que acababa de darse, sólo tenía ganas de una cosa. Salir del maldito coche. Como fuese.

La vista empezó a jugarle una mala pasada, los colores se difuminaban, todo se ralentizaba...

 «Golpe sordo»

Estaba cayendo. No tenía muy claro hacia dónde, pero algo sabía; el golpe iba a ser duro.
 ...¡BOOM! 

El cuerpo del señor Goldsmith se sacudió fuertemente, tan sólo un golpe, fuerte, seco.

Claus no paraba de ladrar, le babeaba toda la cara, dejando una fina película transparente y cálida esparcida por todo su rostro.
Poco a poco abrió los ojos..., la luz de la mañana entraba por la ventana de la pequeña habitación.
-¡Peter!

 Silencio.
-¡Vamos Peter!, ¡¿Señor Goldsmith?!- lo llamaba la dulce voz.
Más que la voz de Elisabeth, las babas y los ladridos de
Claus, lo que arrancó a Peter de su trance, fue el olor a pan tostado.

Peter dio una sacudida y rápidamente apartó las sábanas que estaban enredadas en torno a su cuerpo.
Poco a poco se incorporó de la silla frente al escritorio, aturdido miró a su alrededor, todo parecía extraño.
Cómo un sonámbulo, pero consciente de lo que hacía, se calzo las pantuflas y se puso en movimiento.
Abrió la puerta del aseo, ¿aseo?, y bajó por las escaleras de su casa.
Toda la casa permanecía en un silencio extraño, a excepción de un ruido que provenía de la cocina.
Agarrándose fuertemente al pasamanos de la escalera, Peter fue bajando los escalones de uno en uno, cómo si cada escalón que bajara fuese un paso más firme hacia la realidad. Poco a poco su cabeza fue aclarándose, hasta alcanzar las cotas necesaria que le mostraban una realidad sólida, optimista.  "Todo es mentira" le gritaba su cerebro.
Un olor, suave, delicioso. Su estómago empezó a rugir, tenía mucha hambre, y Elisabeth estaba haciendo el desayuno.
La puerta de la cocina estaba cerrada, pero a través del cristal se percibía la silueta de Elisabeth moviéndose con gran soltura por la cocina. Peter bajó los dos últimos escalones de un sólo paso y entonces un fuerte rugido sonó tras la puerta de la cocina, un rugido tan fuerte que las jambas de las puertas temblaron. Los cristales de la puerta se quebraron, a puntos de caer al suelo, pero no, se rompieron lo justo para que la silueta que se adivinaba de Elisabeth pareciera un ser extraño, de forma amorfa.
Peter alzó poco a poco su mano derecha, hacia el pomo redondo de la puerta. Cuando su mano sintió el frío metal en su palma sudorosa se preguntó: ¿Elisabeth? ¿Quién es Elisabeth?

Asustado cómo nunca lo había estado en toda su vida, Peter empezó a girar el pomo. Lo primero que sintió al abrir la puerta fue un olor a podredumbre que le azotó en la nariz. La cocina olía a podrido, a comida en descomposición.

Mientras abría la puerta, su cuerpo empezó a temblar, y su mente a enloquecer. Lo que tenía delante de el no era su cocina, era un salón, pero no el salón de su casa sino el salón de un palacete. Era un salón de lujo, enorme.

Una mesa de unos siete metros aproximadamente presidía la habitación. Las paredes parecían de terciopelo rojo, y el suelo era de parquet, sus pisadas resonaban demasiado fuerte.  Peter Goldsmith se tapó la nariz y empezó a caminar alrededor de la amplia mesa llena de la más fina cubertería.

Justo en el extremo más alejado de la mesa había una silla  negra que presidía la mesa. 

En el lugar presidencial había un plato oculto en una campana que no dejaba ver la cena que encerraba. ¿Cena?, al entrar en  el salón había oscurecido, o eso creía Peter, aunque ahora que se fijaba bien, las paredes no tenían ventanas y era  imposible saber si era de día o de noche. Pero guiándose por su apetito y estómago, parecía ser que era tarde, la hora de cenar.
Peter llego a la única silla que tenía la gran mesa y vio una nota doblada con una tira de tela roja.
Se sentó y acomodándose en el sillón desenrolló la nota. Escrita con caligrafía fina y con pluma, Peter leyó:


Hola Peter, soy Elisabeth, el amor de tu vida.
Tan sólo quería decirte que lo de anoche fue buenísimo, ¡una delicia!

Hoy me he despertado antes que tú, y he querido tener un detalle contigo, sobretodo después del revolcón que me diste  anoche, me dejaste extasiada.
Bueno cielo, espero que te guste la "comidita" que te he dejado en la mesa, te la mereces. ;)

Te quiere, Eli.

Dejó la nota sobre la mesa, y vio cómo su cara se reflejaba más ancha de lo normal en la campana que había en el plato.
Se inclinó y muy lentamente empezó a levantar la campana para ver que manjar encerraba la campana. La campana cayó de su mano produciendo un sonido sordo al caer en la alfombra. Claus yacía hecho trozos en el plato. El cuerpo del perro seguía convulsionándose inexplicablemente.
Las patas pataleaban, la boca gruñía enseñando los dientes con coágulos de sangre seca.
Peter dio un manotazo y tiró el plato lejos de sí, estrellándolo en la pared del frente. Vómito.
Y todo se desvaneció.

 «¡CLAAAK!»

Regresó a la realidad con ese sonido, estaba haciendo aspavientos con las manos, y sin querer había enganchado el tirador de su puerta.
La luz de una luna llena inundó el habitáculo.
La puerta estaba abierta.

domingo, 22 de diciembre de 2013

El reloj de Jayk

I
Disculpe caballero, ¿podría indicarme dónde queda la calle Palmer? -Preguntó la mujer de cabellos negros. Era la octava vez que la veía en su vida. Jayk la miró con ternura, como si fuese su primer encuentro con ella.
-  ¡Qué casualidad!, yo también voy hacía la calle Palmer, sí lo desea puedo acompañarla, ¿gusta usted?
La mujer de cabellos negros quedó una vez más pensativa, como siempre, siempre era igual. Pero finalmente accedió.
Pasearon por las calles de la gran ciudad hablando de cosas triviales, y justo cuando divisaron el neón luminoso qué indicaba "Calle Palmer" Jayk le dijo:
-¿Querría usted tomar un café...
El brazalete de su brazo empezó a vibrar y a sonar con pitidos agudos. Indicaba que el tiempo había finalizado. Era hora de volver al presente.

-¿Y bien Jayk?, ¿cómo te fue esta vez, has averiguado algo más sobre la chica morena? -Preguntó el Doctor Garrett con sorna en su tono de voz.
-No, siempre me pasa lo mismo. Justo cuando estoy a punto de preguntarle si le gustaría tomar un café conmigo, el maldito brazalete empieza a pitar, y todo se desvanece en cuestión de segundos. 
-Lo siento mucho señor Jayk. -Iba diciendo el doctor Garrett, mientras aflojaba las correas qué mantenía inmóvil a Jayk en la silla de lanzamiento. -Ya sabe usted que a día de hoy somos la única empresa que es capaz de realizar saltos en el tiempo, y sólo al pasado. Falta mucho por descubrir, y entiendo que una hora y media en el pasado puede resultar un tiempo muy escaso. Pero es eso o nada. Usted ya ha sido lanzado ocho veces, y entiendo que el dinero no es para usted un problema. Pero también tiene que comprender, que nosotros somos una empresa que estamos en vía de desarrollo. Sepa usted que en cuanto nuestros científicos puedan descubrir la forma de permanecer más tiempo en el pasado usted será uno de los primeros clientes beneficiados. Le doy mi palabra.
Jayk quedó liberado de las correas que le ataban a la silla, y bebió agua de un vaso que el doctor Garrett le tendió. Después de tomar las pastillas somníferas, la boca siempre se secaba. Pero eso era una norma fundamental de la empresa. Ningún lanzado podía ver cómo era el proceso de lanzamiento, excepto los doctores lanzadores.
-Por cierto doctor, un día de estos voy a coger este brazalete y lo voy a tirar a la basura. ¿No pueden cambiarle el sonido?, esos pitidos sé meten en la cabeza, y siempre que vuelvo al presente me paso todo el día con jaqueca.
-Lo tendremos en cuenta. -Dijo el doctor Garrett mientras tomaba nota en su libreta.

II
Jayk se encaminó hacía su portón, vivía en una zona residencial de alto standing, dónde la tecnología más avanzada estaba a la orden del día. Apareció un escáner ocular, que tras hacer una serie de soniditos chirriantes, desapareció del mismo modo en que había aparecido, de la nada.
Una vez en casa, Jayk abrió una botella de vino, sé sirvió una copa y encendió un cigarrillo electrónico. Entonces, empezó a recordar que un día  un compañero del bufete de abogados para el que trabajaba, le habló de "El Salto", Jayk no se lo pensó dos veces y contactó con el doctor Garrett esa misma mañana.
Fue un poco reticente al principio, no creía en cosas fantásticas, la fantasía era para los niños y para los tontos.  Y todo aquello de viajar al pasado sonaba a fantasía barata. Pero tras hablar con el doctor Garrett más de una hora por teléfono, un gusanillo empezó a picarle, y una ilusión empezó a apoderarse de su persona. Quizás no estuviese todo perdido, quizás pudiese retomar esa ilusión por las cosas. Tener dinero era maravilloso, pero tener dinero no era tener felicidad. Viajes, cenas lujosas, cruceros, masajes, todo. Todo lo que quisiera hacer estaba a su alcance, pero de todo uno un día se aburría, y perdía pasión por las cosas.
De modo que cuando habló aquel día con Garrett, una llama empezó a avivar su aburrido corazón. Una pequeña ilusión brotó de su interior. ¿Viajar al pasado?, eso le ofrecía miles de posibilidades, podía viajar a otra época mejor. Dónde el fuese joven y guapo. Dónde los complejos no tuvieses lugar. Dónde él era feliz realmente. Dónde  no se sintiera como un viejo malgastado.
Y todo eso, le aseguró el doctor Garrett, se lo proporcionaría El Salto.
-Ningún cliente ha quedado insatisfecho. Todos repiten. -Dijo aquel día el doctor Garrett.
Y esa fue la chispa que encendió la mecha. Cada vez que sabía que iba a saltar, una euforia se apoderaba de él, y pasaba días sin dormir.
Eso era vivir, eso era sentirse vivo. Y sólo El Salto le proporcionaba esos sentimientos.

III
 -Una pregunta doctor. Siempre tuve una duda acerca de estos "Viajes al pasado". ¿Y si cambio algo del pasado, eso afectará al futuro?
El doctor Garrett levantó una ceja, y seguidamente rompió a reír con fuerte estrépito. Una vez calmado dijo:
-Nunca he sido partidario de que mis clientes vean tantas películas de Ciencia-Ficción. Tantas películas e historias baratas nos han hecho mucho daño a los verdaderos científicos. Y todas esas historietas inducen a la confusión de nuestros clientes. -La boca de Garrett se torció en un gesto de precaución, no quería ofender a Jayk, así que pasó a informarle cómo funcionaba El Salto.
-El Salto es un proyecto muy laborioso que nuestros mejores científicos han estado estudiando durante muchos años. Estos estudios nos llevaron a la siguiente conclusión: Los saltos menores de tres horas no son dañinos. No pueden afectar al futuro. La grieta temporal no llega a sufrir cambios, se auto regenera. Sin embargo hay estudios que indican que pasado esas tres horas, la grieta temporal si puede llegar a ser dañada. Y por eso, el tiempo de nuestros saltos, son de una hora y media al pasado. No queremos correr riesgos.
-Pero usted me llamó, y me dijo que hoy saltaría durante más tiempo. -Dijo Jayk decepcionado.
-En efecto señor Jayk. -Garrett se inclinó hacía Jayk, y le dijo en tono confidente. -Pero hoy no está mi jefe aquí, y quisiera obsequiarle con un poco más de tiempo "extra", a los buenos clientes, siempre hay que cuidarlos. Y siendo sincero, quiero saber de una vez por todas cómo le iría con la chica morena. Podemos apurar un poco más el tiempo, ¿qué le parece una hora más de regalo, dos horas y media?

IV
Sentía la cabeza embotada, el estómago revuelto, y la mente desorientada.
Levantó la vista y vio las pintadas de siempre en la puerta del váter. Siempre aparecía en el mismo váter sucio y maloliente.
Se enjuagó el rostro en el lavabo para aclarar su mente, y a continuación salió del aseo rápidamente. Una vez en la calle, respiró profundamente.
Recorrió varias calles a pié, sin entretenerse. El tiempo era esencial, y demasiados  minutos perdía en el aseo aclarando sus ideas, como para perder el tiempo haciendo otra cosa que no fuera ir al encuentro de la chica morena.
Con tantos semáforos y personas en las calles, Jayk llegó apurado a su encuentro una vez más.
Nunca terminaba de acostumbrarse, todavía le parecía raro anticiparse a los acontecimientos. Era extraño vivir sabiendo lo que iba a suceder.
La chica pasó de largo, y él siguió su camino de frente, como si nada.
-Disculpe caballero, ¿podría indicarme dónde queda la calle Palmer? -Dijo la mujer a su espalda. El se giró, y empezó de nuevo su ritual.
Una vez en la calle Palmer, Jayk dijo:
-¿Querría usted tomar un café conmigo? -Le resultaba extraño poder formular la pregunta entera después de ocho saltos sin éxito. Bajó la vista y vio en el brazalete un contador qué indicaba el tiempo transcurrido, 01:31
Un miedo atroz recorrió la mente de Jayk, ¿y sí ella no aceptaba tomar ese café?
Mientras Jayk estaba divagando, la chica morena dijo:
-¿Y por qué no? -Sus labios dibujaron una amplia sonrisa.

V
Después de tantos años sin saber nada de ella, Jayk se sentía muy cómodo a su lado, sintiendo el sol de aquella tarde en el rostro.
 -Creo que tengo que irme ya señor Jayk, ha sido un placer conocerlo. ¿Jayk?, ¿está usted bien?
En cuestión de segundos el semblante de Jayk se tornó pálido. Miró el brazalete de su brazo. Cuatro números parpadeaban en el. Cuatro ceros. El tiempo había pasado, y su regreso no había sucedido. Jayk empezó a sudar copiosamente, pensando en qué habría sucedido en su presente. Algo iba mal. Y él sabía por qué.
La chica morena era su madre. Y jugar a ser Dios no podía ser bueno.



30 Minutos

Después de meses viviendo sólo, aquí, en esta casa sin alma, muchas noches me levanto empapado en sudor y temblando de pies a cabeza.
       
Muchos de vosotros no encontraréis ni pena ni dolor en las palabras que intentaré plasmar lo mejor posible aquí, en estas hojas sucias y amarillentas. Es difícil traspasar los sentimientos de pena a papel. Pero siento que antes de nada, tengo que contar lo que sucedió aquella tarde de verano del año pasado, cuando mi vida feliz era una vida normal.
Dicen que cuando eres feliz, el tiempo avanza muy rápido, como una locomotora furiosa sin frenos. Por el contrario, yo pienso, que cuando te arrebatan lo que más quieres, el tiempo pasa a ser una locomotora furiosa sin frenos, estrellada contra un muro de metal, dónde el tiempo se retuerce como miles de hierros humeantes tras un gran impacto.
Intentaré ser lo más breve posible con mi historia.

Mi nombre es Thomas, y yo antes era un hombre feliz, que tenía una vida feliz. Tienes que entender que por vida feliz me refiero a: tener un buen trabajo, dos casa, un  coche, un perro, una mujer y dos niñas. Una familia.
Para muchos eso podría llamarse "típica vida", una vida común, una vida normal, una vida rutinaria, vida de manual.
No me gusta autodefinirme cómo conformista, mi vida no ha sido fácil, y por todo aquello que conseguí; mi familia, tuve que luchar toda mi vida con garras y con dientes.
Teníamos dos casas, como bien he citado antes, una era nuestra casa de verano, dónde todos los años pasábamos los dos meses más calurosos del año. La casa está situada en la playa, a orillas del mar mediterráneo, a unos 50 metros de la orilla. Es una casa de ensueño, de ladrillos azulados, acorde con los colores del mar, con una terraza muy amplia orientada hacia el mar. En esa terraza pasábamos mucho tiempo mi esposa Helen y yo, charlando y tomando cervezas hasta altas horas de la noche, mientras nuestras dos diablesas dormían cómodamente en sus dormitorios. Peter, el perro de nuestra familia se recostaba a nuestros pies mientras Helen y yo hablábamos sobre cuál sería el futuro de nuestras hijas: estudios, universidades, novios...
Nuestras hijas eran dos niñas adorables, eran gemelas, y aunque cueste creerlo, Helen y yo nunca fuimos partidarios de vestir y peinar a las dos iguales. Queríamos evitar crear ese vínculo especial entre las dos, irrompible. Tarde o temprano cada una tendría su vida independiente, sin necesidad de ser cien por cien igual que su hermana.
Una vez explicado lo que viene siendo mi vida, intentaré plasmar en estos papeles los acontecimientos que cambiaron mi vida para siempre.

Aquella mañana de verano, como casi todas las mañanas, las gemelas vinieron a nuestra cama, y dando saltos en ella nos despertaron. Cuando la familia es todo lo que tienes, esos "buenos días" es una de las cosas más grandiosas que te pueden suceder.
Estuvimos, como siempre, remoloneando los cuatro en la cama, hasta que llego Peter y empezó a lamernos la cara y a dar coletazos con su rabo a diestro y siniestro.
Nos levantamos, Helen preparó chocolate caliente y panecillos tostados para todos.
Después, como cada día nos fuimos a la playa, a disfrutar de la brisa fresca que hace del verano algo agradable, mágico.
Helen y las niñas fueron a la orilla, a hacer castillos de arena. Yo, como cada mañana, me sentaba en un banco de madera que pusimos Helen y yo en la playa, disfrutando de la brisa, con un buen libro. Siempre recordaré ese libro, era una novela de Richard Matheson.
Cada diez minutos levantaba la vista de mi libro, para disfrutar del espectáculo que mis retinas recogían, mis tres mujercitas riendo y derrumbando los castillos antes de que la marea se los llevara... Sé que romper los castillos era lo que más le gustaba a las niñas.

Eran las tres de la tarde, y como todo el mundo sabe, el hambre en la playa se incrementa notablemente.
Llamé a Helen desde mi banco, ella se giró y vi lo radiante que estaba con sus cabellos ondeando al viento. Le hice un gesto con mis manos, e inmediatamente ella comprendió lo que yo iba a hacer. El almuerzo.

Creo que tardé media hora, no puedo asegurarlo con certeza, pero estoy seguro que no llegue a tardar mucho más. Es increíble como en un tiempo tan escaso, tu vida puede dar un giro de ciento ochenta grados.

Volví a la playa con una bandeja grande, llena de bocadillos, vasos, y limonada muy fría. Cuando en un instante mis manos se volvieron viento, y toda la comida fue a parar a la arena caliente.
Peter parecía ladrar pero todo el sonido desapareció, lo veía ladrar, pero sus ladridos, el sonido del viento, y el ruido de las olas, desaparecieron. Tan sólo era capaz de mirar, quieto, congelado, mientras la limonada bañaba mis pies.
Tres cuerpos yacían en la playa flotando boca abajo, mecidos por el mar...
Los tres cogidos de las manos.

Inexplicablemente no puedo escribir lo que sucedió a continuación, a día de hoy no lo sé. ¿Entré en shock, me desmayé? No lo sé, tan sólo sé que mi cuerpo tenía que estar con ellas, en el mar, flotando.
Lo siguiente que recuerdo es a la policía, junto a mí, metiéndome en casa, intentando sacarme palabras. Pero de mi boca no brotaba palabra alguna.

Más tarde, a los dos días, vino a casa una pareja de agentes de la policía,  me dijeron que Helen sufrió un fuerte calambre dentro del agua, y que las gemelas intentaron socorrer a su madre, sin éxito alguno. Mis niñas no sabían nadar.

Ya ha pasado un año desde aquel fatídico día, y desde entonces, en todo este año no paro de atormentarme. Cada día es muerte. No tengo fuerzas.
Soy católico, y mi religión dice que el suicidio es pecado. Me gustaría ver cuántas personas son capaces de soportar este tormento...día tras día... Siempre.
Que Dios me perdone, pero en mi vida sólo veo desolación y sufrimiento, sí su ira tiene que caer sobre mí, a estas alturas me importa más bien poco. No tengo nada. Y nada que temer.

Como último aprendizaje en esta vida diré que; los fantasmas existen, no arrastran cadenas, ni son sábanas flotantes. Son momentos, situaciones, lugares, recuerdos...y pueden morder.

Ahora mismo estoy en esa casa de verano. Tengo todas las ventanas abiertas, y el olor del salitre impregna mis fosas nasales y cada rincón de la casa. A lo lejos escucho el sonido de las olas al romper, ese sonido que me recuerda a mis tres princesas, arrodilladas a la orilla del mar haciendo castillos de arena.

El sol, es una bola de fuego que se hunde en el horizonte, entra por las ventanas, y dibuja líneas rectas sobre la madera del suelo. Pero hay una sombra proyectada en el suelo que no es recta, es ovalada y se mueve vacilante, me llama. Es tiempo de partir. De volver a casa. Volver a mi vida feliz. Junto a ellas.


jueves, 6 de junio de 2013

La habitación

Le azotó un olor a pobredumbre nada más entornar un poco la puerta para entrar. Poco a poco su mente empezó a trabajar para intentar hacerse una idea, por ínfima que fuese, de lo que podía haber tras la puerta. De la pequeña abertura no salía nada de luz, tan sólo ese olor amargo y acre. Los pulmones se llenaron de aire, aguantó la respiración todo lo posible, y sujetando el pomo frío cómo el miedo que le rodeaba, empezó a entrar poco a poco en la habitación oscura.

Presa del pánico que sentía, empezó por asomar la cabeza. Un sudor helado le bañaba la espalda, cómo el rocío en una madrugada fría. Sus ojos no veían nada, ya fuese por la oscuridad que ocupaba la habitación, o por el contraste de luces y sombras al que era sometido repentinamente. El olor volvió a azotarle en la nariz, no podía retener por mucho tiempo el aire dentro de su cuerpo. Con una mueca de repugnancia en su rostro, empujó la puerta hacia dentro.
En su cabeza sonó un leve "clic", su cerebro no podía asumir las imágenes que sus ojos intentaban transmitir a su cabeza.

Cuando sus ojos empezaron a acostumbrarse a la oscuridad, un miedo primitivo recorrió todo su cuerpo. La escena que se planteaba ante el era dantesca, imposible de asimilar. Su cerebro rechazaba la imagen que se planteaba ante sí, algo fallaba, no cuadraba, no podía ser cierto, aquello no era real.


Un rostro en la noche




Estaba en la cama, el segundo trueno iluminó toda la habitación, con el corazón en la mano, la garganta cerrada. El rostro pálido me miraba.

Lágrimas de muerte


La habitación se encontraba en penumbra, tan solo iluminada por el leve resplandor que despedía el televisor.

El niño estaba sentado en su sillín de Bob Esponja, su personaje favorito; en la pantalla, flotaba entre colores chillones un mensaje de "Fin de emisión".

Rodee el sillín, me incliné para cogerlo en mis brazos y llevarlo a dormir a su cama. Mañana tendría que madrugar para otro día duro de escuela.

Algo no iba bien. Me acerqué a él, para darle un beso de buenas noches.
Al besar sus suaves mejillas pude saborear la sal de sus lágrimas, lágrimas que habían corrido por sus mejillas cuando aun tenia vida.

Sintiendo mi cuerpo clavado al suelo, empecé a llorar. Eran lágrimas de muerte.